martes, 13 de diciembre de 2011

Ambiente navideño


¡Por fin terminé la decoración navideña! Lo hice en etapas, durante varios días, a ratitos. Finalmente, ya está. El espíritu navideño llegó a mi casa. Ya está el árbol (que este año es un pino vivo en maceta) con luces, moños y esferas; los nacimientos (sí, varios, para que no se olvide el motivo), las velas con aroma a canela y manzana (que por alguna arbitraria razón se ostenta como el aroma de la temporada), las series de luces (LEDs, con menor impacto en el calentamiento global y en mi recibo de luz), los cojines con motivos navideños, los santacloses y los snowmans, las coronas y guirnaldas, las nochebuenas.  En fin, mi casa parece ahora un bazar.

Mi familia se muestra complacida, ambientada, lista para entregarse a los festejos, brindis e intercambios de regalos. Por mi parte, yo experimento la satisfacción del deber cumplido, pues resulta que además de ser educadora, cocinera,  psicóloga, enfermera, chofer, gerente de compras y de relaciones públicas, soy la decoradora de la familia, creadora de ambientes cálidos y seguros.

 En este asunto del ambiente navideño noto dos fenómenos:
  • Primero: premura, prisa, anticipación desmedida. Las tiendas se alistan a vender toda la parafernalia navideña ¡desde septiembre! Los papá Noel han tenido que cohabitar con las banderas tricolores; los pinos artificiales y las series de luces con fantasmas y brujas. En el super la venta de  pan de muerto y calaveritas de azúcar se traslapa con la de  maíz pozolero, dejando su espacio en los anaqueles apenas pasados los primeros días de noviembre a los panetones, fruitcakes y roscas de reyes.¡Pero qué manera de trastocar el tiempo, de apresurar las festividades, de acelerar las estaciones! ¡Nuncan le haga eso a una mujer que trata de vivir con dignidad su cuarta década! Me siento como Ursula Iguarán, a quién en Macondo, los años le parecían cada vez menos rendidores.

  • Segundo: exceso. La decoración navideña en las casas se ha convertido en una desenfrenada carrera que ha dejado a un lado la mesura y el buen gusto. Ya no basta el árbol, la corona, el nacimiento y unas velas. Parece que el imperativo es: “¡hay que ponerlo todo!”. Hoy podemos ver en cualquier casa o departamento juegos de iluminación y decoraciones que antes estaban reservadas a los aparadores de los grandes almacenes o a las plazas públicas. Es como si hubiera una relación directamente proporcional entre la ornamentación navideña y la felicidad que reina en esa familia. Así que nos lanzamos a colgarlo todo: luces, pingüinos, osos, duendes, ángeles, santacloses, muñecos de nieve, piñatas, vajillas, manteles, tapetes y  hasta esos grotescos inflables de Santaclaus en helicóptero o en trineo. No vaya a ser que los demás piensen que en esta familia no somos felices. No vaya a ser que nosotros mismos lo pensemos.  
Y como todos los excesos, este, el de la decoración navideña, pasa una factura. Esta se paga después del 7 de enero cuando quitar el árbol y los adornos navideños  y encontrarles un lugar en un closet o bodega se convierte en la peor de las crudas. Entonces nos decimos: “no lo vuelvo a hacer”.